La deslumbrante sensibilidad de Oliver Sacks (tan conmovedoramente lúcida en la carta que escribió cuando se acercaba su muerte) también fue tocada por uno de los espacios más simbólicos jamás creados por el hombre, los jardines —mismos que, en algún punto, se volvieron parte de sus tratamientos. “En cuarenta años de práctica médica, he encontrado sólo dos tipos de ‘terapia’ no farmacológica de vital importancia para los pacientes con enfermedades neurológicas crónicas: la música y los jardines”, escribió Sacks. Su descubrimiento ha sido probado por un buen número de estudios que puntualizan, entre otras cuestiones, cómo las áreas verdes mejoran el funcionamiento del cerebro.

En la obra Everything in Its Place: First Loves and Last Tales (2019), colección póstuma de ensayos de Sacks, es posible encontrar los rastros de sus obsesiones finales —desde los helechos, los lémures y la natación, hasta los últimos casos que trató de demencia, esquizofrenia y Alzheimer. En uno de los ensayos que integran esta valiosa antología, titulado “Why We Need Gardens” (“Por qué necesitamos los jardines”), el neurólogo nacido en Londres resalta las cualidades curativas de estos espacios, en un nivel tan psicológico como fisiológico —sin dejar de mencionar lo necesarios que fueron para él como mente creativa, como escritor (algo que también supo Virginia Woolf).

El estado de calma al que inducen los jardines y la forma en que, al mismo tiempo, pueden llenarnos de vigor, eran estados indispensables para la salud colectiva y personal, según Sacks. El neurólogo narra los casos de varios pacientes con trastornos cuyo contacto con entornos naturales milagrosamente aliviaba o reducía sus síntomas, en muchos casos de manera más contundente que los fármacos: un paciente con síndrome de Tourette, afectado por severos tics verbales y gestuales, cuyos síntomas desaparecieron en medio de una caminata por el desierto; una mujer con Parkinson que sólo podía mover su cuerpo normalmente estando en jardines; o pacientes con demencia y Alzheimer que habían olvidado cómo hacer casi cualquier procedimiento cotidiano, y que de pronto recordaban todo frente a un lecho de flores.

En su ensayo, Sacks explica que la naturaleza pareciera tener efectos no sólo calmantes, sino también organizadores sobre el cerebro humano, algo que para él fue siempre inexplicable. Pero fueron los misterios, precisamente, el de la mente humana y  el de la naturaleza del mundo, lo que hicieron a este neurólogo vivir y escribir como lo hizo, lleno de pasión, siempre movido por un profundo sentimiento amoroso:

Claramente, la naturaleza llama a algo muy profundo dentro de nosotros. La biofilia, el amor por la naturaleza y por lo vivo, es una parte esencial de la condición humana. La hortofilia, la necesidad de interactuar, manejar y atender la naturaleza, está también profundamente arraigada en nosotros. El rol que juega la naturaleza en la salud y en la sanación se vuelve aún más crítico en personas que trabajan largos días en oficinas sin ventanas, en aquellos que viven en vecindarios urbanos sin áreas verdes, en niños que acuden a escuelas en las ciudades o en aquellos que habitan entornos institucionales como asilos. Los efectos de la naturaleza sobre la salud no sólo son espirituales y emocionales, son también físicos y neurológicos. No tengo duda de que generan cambios profundos en la fisiología del cerebro, y tal vez incluso en su estructura.

Imagen: Dominio público

La deslumbrante sensibilidad de Oliver Sacks (tan conmovedoramente lúcida en la carta que escribió cuando se acercaba su muerte) también fue tocada por uno de los espacios más simbólicos jamás creados por el hombre, los jardines —mismos que, en algún punto, se volvieron parte de sus tratamientos. “En cuarenta años de práctica médica, he encontrado sólo dos tipos de ‘terapia’ no farmacológica de vital importancia para los pacientes con enfermedades neurológicas crónicas: la música y los jardines”, escribió Sacks. Su descubrimiento ha sido probado por un buen número de estudios que puntualizan, entre otras cuestiones, cómo las áreas verdes mejoran el funcionamiento del cerebro.

En la obra Everything in Its Place: First Loves and Last Tales (2019), colección póstuma de ensayos de Sacks, es posible encontrar los rastros de sus obsesiones finales —desde los helechos, los lémures y la natación, hasta los últimos casos que trató de demencia, esquizofrenia y Alzheimer. En uno de los ensayos que integran esta valiosa antología, titulado “Why We Need Gardens” (“Por qué necesitamos los jardines”), el neurólogo nacido en Londres resalta las cualidades curativas de estos espacios, en un nivel tan psicológico como fisiológico —sin dejar de mencionar lo necesarios que fueron para él como mente creativa, como escritor (algo que también supo Virginia Woolf).

El estado de calma al que inducen los jardines y la forma en que, al mismo tiempo, pueden llenarnos de vigor, eran estados indispensables para la salud colectiva y personal, según Sacks. El neurólogo narra los casos de varios pacientes con trastornos cuyo contacto con entornos naturales milagrosamente aliviaba o reducía sus síntomas, en muchos casos de manera más contundente que los fármacos: un paciente con síndrome de Tourette, afectado por severos tics verbales y gestuales, cuyos síntomas desaparecieron en medio de una caminata por el desierto; una mujer con Parkinson que sólo podía mover su cuerpo normalmente estando en jardines; o pacientes con demencia y Alzheimer que habían olvidado cómo hacer casi cualquier procedimiento cotidiano, y que de pronto recordaban todo frente a un lecho de flores.

En su ensayo, Sacks explica que la naturaleza pareciera tener efectos no sólo calmantes, sino también organizadores sobre el cerebro humano, algo que para él fue siempre inexplicable. Pero fueron los misterios, precisamente, el de la mente humana y  el de la naturaleza del mundo, lo que hicieron a este neurólogo vivir y escribir como lo hizo, lleno de pasión, siempre movido por un profundo sentimiento amoroso:

Claramente, la naturaleza llama a algo muy profundo dentro de nosotros. La biofilia, el amor por la naturaleza y por lo vivo, es una parte esencial de la condición humana. La hortofilia, la necesidad de interactuar, manejar y atender la naturaleza, está también profundamente arraigada en nosotros. El rol que juega la naturaleza en la salud y en la sanación se vuelve aún más crítico en personas que trabajan largos días en oficinas sin ventanas, en aquellos que viven en vecindarios urbanos sin áreas verdes, en niños que acuden a escuelas en las ciudades o en aquellos que habitan entornos institucionales como asilos. Los efectos de la naturaleza sobre la salud no sólo son espirituales y emocionales, son también físicos y neurológicos. No tengo duda de que generan cambios profundos en la fisiología del cerebro, y tal vez incluso en su estructura.

Imagen: Dominio público