El modelo de código abierto (open source) encarna el espíritu de liberación y transparencia de la información en el mejor sentido de Internet: una posible expansión de la conciencia colectiva. Permitir que las personas conozcan el código con el que se hace un producto digital ha sido uno de las grandes revulsivos de la innovación tecnológica. Esto, han teorizado analistas como Douglas Rushkoff, puede llevarse a otros ámbitos: como el dinero y el mercado, la democracia y productos de hardware.

Una de las más interesantes acepciones de este modelo ha sido desarrollado por el artista digital Joshua Madera, quien se especializa en la intersección entre la magia y la robótica. Madera, autor del sitio Hyperritual, plantea el desarrollo y el libre intercambio de algoritmos para realizar operaciones mágicas: Open Sourcery (magia o brujería a código abierto). Esta idea seminal surge de la realización convergente con la apertura de la información como una forma de eliminar, en la transparencia, las telarañas de charlatanería que rodean a la magia actualmente.

Y en este sentido, las palabras del ocultista británico, Peter J. Carroll, en una entrevista publicada dentro del Arcanorium College, vienen a colación:

Adeptos contemporáneos deberían de explicar sus métodos e ideas sin charlatanería o mistificación. La magia no funciona por arte de magia, si sabes lo que quiero decir; requiere de mucha dedicación, trabajo duro y práctica. Creo que dar a conocer ideas mágicas efectivas llevará a mucho menos de ese sinsentido satánico que hace que algunos idiotas sacrifiquen al gato de su vecino.

Es cierto que la magia históricamente ha necesitado de la secrecía –para evitar la persecución y el uso indebido del conocimiento por el poder. Y esto no podría modificarse del todo de un instante a otro sin correr riesgos. Sin embargo, Joshua Madera considera que aunque existe un ámbito inefable de experiencias místicas que difícilmente pueden o deben comunicarse —al menos no de manera racional— existe también un plano dentro de la magia que se puede enriquecer compartiendo colectivamente el trabajo que se realiza de manera individual. El remix y el reciclaje, que tanto se utilizan en la economía y en la ecología de las ideas actualmente, podrían también rendir frutos en la magia. Esta transparencia esotérica podría, en buena medida, mitigar la exageración, el autoritarismo y la superstición.

Para esto Internet parece ser la máquina etérea ideal: es ya un espacio telepático de imagen, texto y sonido en el que las personas se interconectan a distancia y que podría orquestarse para servir como un espacio ritual de sanación chamánica colectiva o para proyectos grupales de intencionalidad mágica.

Decía el escritor y alter-filósofo Terence Mckenna que “el verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras, y si sabes cuáles son las palabras con las que está hecho el mundo puedes hacer con él lo que quieras”. Decodificar este lenguaje —el código fuente— con el que esta diseñada la realidad podría ser ya no sólo la tarea del adepto que se interna solitariamente en el misterio, sino de un colectivo que se retroalimenta de la conciencia planetaria.

El modelo de código abierto (open source) encarna el espíritu de liberación y transparencia de la información en el mejor sentido de Internet: una posible expansión de la conciencia colectiva. Permitir que las personas conozcan el código con el que se hace un producto digital ha sido uno de las grandes revulsivos de la innovación tecnológica. Esto, han teorizado analistas como Douglas Rushkoff, puede llevarse a otros ámbitos: como el dinero y el mercado, la democracia y productos de hardware.

Una de las más interesantes acepciones de este modelo ha sido desarrollado por el artista digital Joshua Madera, quien se especializa en la intersección entre la magia y la robótica. Madera, autor del sitio Hyperritual, plantea el desarrollo y el libre intercambio de algoritmos para realizar operaciones mágicas: Open Sourcery (magia o brujería a código abierto). Esta idea seminal surge de la realización convergente con la apertura de la información como una forma de eliminar, en la transparencia, las telarañas de charlatanería que rodean a la magia actualmente.

Y en este sentido, las palabras del ocultista británico, Peter J. Carroll, en una entrevista publicada dentro del Arcanorium College, vienen a colación:

Adeptos contemporáneos deberían de explicar sus métodos e ideas sin charlatanería o mistificación. La magia no funciona por arte de magia, si sabes lo que quiero decir; requiere de mucha dedicación, trabajo duro y práctica. Creo que dar a conocer ideas mágicas efectivas llevará a mucho menos de ese sinsentido satánico que hace que algunos idiotas sacrifiquen al gato de su vecino.

Es cierto que la magia históricamente ha necesitado de la secrecía –para evitar la persecución y el uso indebido del conocimiento por el poder. Y esto no podría modificarse del todo de un instante a otro sin correr riesgos. Sin embargo, Joshua Madera considera que aunque existe un ámbito inefable de experiencias místicas que difícilmente pueden o deben comunicarse —al menos no de manera racional— existe también un plano dentro de la magia que se puede enriquecer compartiendo colectivamente el trabajo que se realiza de manera individual. El remix y el reciclaje, que tanto se utilizan en la economía y en la ecología de las ideas actualmente, podrían también rendir frutos en la magia. Esta transparencia esotérica podría, en buena medida, mitigar la exageración, el autoritarismo y la superstición.

Para esto Internet parece ser la máquina etérea ideal: es ya un espacio telepático de imagen, texto y sonido en el que las personas se interconectan a distancia y que podría orquestarse para servir como un espacio ritual de sanación chamánica colectiva o para proyectos grupales de intencionalidad mágica.

Decía el escritor y alter-filósofo Terence Mckenna que “el verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras, y si sabes cuáles son las palabras con las que está hecho el mundo puedes hacer con él lo que quieras”. Decodificar este lenguaje —el código fuente— con el que esta diseñada la realidad podría ser ya no sólo la tarea del adepto que se interna solitariamente en el misterio, sino de un colectivo que se retroalimenta de la conciencia planetaria.

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