Para pensar en marineros desde aquí, tierra firme, es necesario si no haber leído algo sobre ellos, haber dedicado tiempo a imaginar ser ellos (o ambas, en el mejor de los casos). Pero hay imaginaciones que a su vez necesitan ser imaginadas. La vida de los marinos está envuelta en un halo de lejanía, ya sea de tiempo, ya de distancia, y en un exilio que toma la forma de un enigma.

Quizás uno de los ejercicios imaginativos más fecundos sea pensar que nos lanzamos a la mar en una embarcación por tiempo indefinido. ¿Qué significa para la mente, para el cuerpo, dejar de ver tierra por tantos meses? La pregunta no tiene una respuesta clara, pero sí es una caja de pandora.

Primero está el sentido de “casa”, el cual nos ocupa a todos, toda la vida. La casa de un marino es su barco y su recuerdo. No por nada la personificación del barco, el artículo femenino con el que se le refiere, es costumbre universal y auguriosa. El barco como madre de los que la navegan: sus hijos adoptivos. En la búsqueda de casa, el recuerdo y la anticipación se funden para el marino en una sola cosa. Ítaca es el pasado añorable y la promesa del futuro. Como si vivieran en una tierra de nadie, los marinos van de morada en morada. Una vez que llegan se van.

Y aunque por definición, tanto en tierra como en mar, la búsqueda del hogar sea figurativa, en tierra existen placebos materiales y relaciones íntimas que cumplen la función de alojarnos por un tiempo. El navegante en cambio se tatúa golondrinas (que indican hacia casa) o rosas de los vientos, y canta canciones folclóricas y tristes procedentes de su tierra. Nunca se está más solo que cuando se está rodeado de agua.

En segundo lugar está el vivir rodeado de lo desconocido -el mar-, y a entera merced de sus disposiciones. Un marino es un hombre que vive fuera de su mundo, un turista extraño que gracias sus habilidades náuticas puede residir en la superficie de un mundo que no le pertenece, y que nunca lo hará. Melville describe la otredad del mar como un espejo de lo humano:

Considera la sutileza del mar; cómo sus criaturas más temidas se deslizan bajo el agua, mayormente inadvertidas, y traicioneramente escondidas bajo los más bellos tintes de azul. Considera también la diabólica brillantez y belleza de muchas de sus tribus más implacables, como la delicada y embellecida forma de tantas especies de tiburones. Considera, una vez más, el canibalismo universal del mar; todas sus criaturas cazándose unas a otras, llevando consigo la guerra eterna desde los comienzos del mundo.

Considera todo esto; y luego voltea hacia esta verde, suave y dócil tierra; considera los dos, el mar y la tierra; y ¿no encuentras una extraña analogía de algo en ti mismo?

Moby Dick

No descartemos que la vida náutica tiene sus propias leyes, vocabulario y mitología: no hay nada ejecutable que de un mundo pueda transferirse al otro (cada uno se salva por sí mismo, por decirlo de alguna manera) pero en su naturaleza figurada, la navegación es la metáfora perfecta para la vida humana. Por comparación, el meta-discurso de la humanidad puede bien ser explicado en términos náuticos: La vida como viaje, la búsqueda de casa, estar a merced de la naturaleza, la deriva como analogía de vida, el naufragio como muerte o fracaso, son algunas de las más populares.

¿Cómo es que un tema tan extraño nos alude a todos? Explicar los problemas de esta vida mencionando actividades propias solamente de la navegación es el epítome del conocimiento teórico. “Lo otro es siempre el mejor reflejo de esto”. Y entre más alejado uno de otro, mejor será el resultado (como pasa en Alicia, a través del espejo de Lewis Carroll). Así es como algunos nos explicamos el mundo, por meta-compararlo con algún otro.

Pensar en barcos desde la tierra es darle a la imaginación un vehículo –el barco- para cargar cualquier cosa; cualquier idea sobre la vida, el mundo y la muerte. Pero la navegación seguirá siendo un recurso retórico para el que no haya navegado nunca. Difícil pensar en algo más fértil que el universo náutico, real o figurativo: enigma de enigmas.

Hay que saber que los marineros tocan tierra y se van. El marino tierra adentro nunca es sordo al llamado del mar.

Para pensar en marineros desde aquí, tierra firme, es necesario si no haber leído algo sobre ellos, haber dedicado tiempo a imaginar ser ellos (o ambas, en el mejor de los casos). Pero hay imaginaciones que a su vez necesitan ser imaginadas. La vida de los marinos está envuelta en un halo de lejanía, ya sea de tiempo, ya de distancia, y en un exilio que toma la forma de un enigma.

Quizás uno de los ejercicios imaginativos más fecundos sea pensar que nos lanzamos a la mar en una embarcación por tiempo indefinido. ¿Qué significa para la mente, para el cuerpo, dejar de ver tierra por tantos meses? La pregunta no tiene una respuesta clara, pero sí es una caja de pandora.

Primero está el sentido de “casa”, el cual nos ocupa a todos, toda la vida. La casa de un marino es su barco y su recuerdo. No por nada la personificación del barco, el artículo femenino con el que se le refiere, es costumbre universal y auguriosa. El barco como madre de los que la navegan: sus hijos adoptivos. En la búsqueda de casa, el recuerdo y la anticipación se funden para el marino en una sola cosa. Ítaca es el pasado añorable y la promesa del futuro. Como si vivieran en una tierra de nadie, los marinos van de morada en morada. Una vez que llegan se van.

Y aunque por definición, tanto en tierra como en mar, la búsqueda del hogar sea figurativa, en tierra existen placebos materiales y relaciones íntimas que cumplen la función de alojarnos por un tiempo. El navegante en cambio se tatúa golondrinas (que indican hacia casa) o rosas de los vientos, y canta canciones folclóricas y tristes procedentes de su tierra. Nunca se está más solo que cuando se está rodeado de agua.

En segundo lugar está el vivir rodeado de lo desconocido -el mar-, y a entera merced de sus disposiciones. Un marino es un hombre que vive fuera de su mundo, un turista extraño que gracias sus habilidades náuticas puede residir en la superficie de un mundo que no le pertenece, y que nunca lo hará. Melville describe la otredad del mar como un espejo de lo humano:

Considera la sutileza del mar; cómo sus criaturas más temidas se deslizan bajo el agua, mayormente inadvertidas, y traicioneramente escondidas bajo los más bellos tintes de azul. Considera también la diabólica brillantez y belleza de muchas de sus tribus más implacables, como la delicada y embellecida forma de tantas especies de tiburones. Considera, una vez más, el canibalismo universal del mar; todas sus criaturas cazándose unas a otras, llevando consigo la guerra eterna desde los comienzos del mundo.

Considera todo esto; y luego voltea hacia esta verde, suave y dócil tierra; considera los dos, el mar y la tierra; y ¿no encuentras una extraña analogía de algo en ti mismo?

Moby Dick

No descartemos que la vida náutica tiene sus propias leyes, vocabulario y mitología: no hay nada ejecutable que de un mundo pueda transferirse al otro (cada uno se salva por sí mismo, por decirlo de alguna manera) pero en su naturaleza figurada, la navegación es la metáfora perfecta para la vida humana. Por comparación, el meta-discurso de la humanidad puede bien ser explicado en términos náuticos: La vida como viaje, la búsqueda de casa, estar a merced de la naturaleza, la deriva como analogía de vida, el naufragio como muerte o fracaso, son algunas de las más populares.

¿Cómo es que un tema tan extraño nos alude a todos? Explicar los problemas de esta vida mencionando actividades propias solamente de la navegación es el epítome del conocimiento teórico. “Lo otro es siempre el mejor reflejo de esto”. Y entre más alejado uno de otro, mejor será el resultado (como pasa en Alicia, a través del espejo de Lewis Carroll). Así es como algunos nos explicamos el mundo, por meta-compararlo con algún otro.

Pensar en barcos desde la tierra es darle a la imaginación un vehículo –el barco- para cargar cualquier cosa; cualquier idea sobre la vida, el mundo y la muerte. Pero la navegación seguirá siendo un recurso retórico para el que no haya navegado nunca. Difícil pensar en algo más fértil que el universo náutico, real o figurativo: enigma de enigmas.

Hay que saber que los marineros tocan tierra y se van. El marino tierra adentro nunca es sordo al llamado del mar.

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