La rebeldía es tan antigua como el hombre mismo. Desde Lucifer hasta Prometeo, desde Ulises a Jesucristo, el arquetipo se repite una y otra vez como una de las muchas esencias de lo humano. Pero la materialización de esa rebeldía varía de rebelde en rebelde y, ¿qué pasa cuando el acto decisivo (y profundamente poético) de insurrección implica, sencillamente, subirse a los árboles para nunca más tocar la tierra? Italo Calvino —cuya esencial rebeldía enumeró los valores imprescindibles de nuestra actualidad— contó esa historia.

En un acto radical, Cósimo, un noble de 12 años, decide subir a los árboles para jamás bajar de ellos después de una discusión con su padre, el honorable Barón Arminio, en torno al plato principal de la cena de esa noche. De inclinación existencialista, Calvino dio vida a este inusual rebelde en la segunda novela de su trilogía Nuestros antepasados, titulada El barón rampante (1957).

Baggio, hermano de Cósimo y narrador de esta novela, relata la vida de su hermano desde las alturas, una que inició la tarde en que éste decidió subirse a la encina del jardín de su casa hasta el día de su muerte. El personaje, de manera rampante (porque la palabra significa asir, pero también hace referencia a lo ascendente) toma la decisión de radical rebeldía y libertad que lo lleva a enamorarse, participar en la Revolución Francesa e intervenir en las conquistas napoleónicas, además de realizar todas las actividades cotidianas de una persona, todo esto, sin poner un pie en el suelo.

Entender a cabalidad esta obra de Calvino, implica también entender el contexto que narra, uno de enfrentamiento entre el sistema establecido y una nueva ideología, uno cuyas inclinaciones reformistas iban en contra del feudalismo y sus herencias que, desde las primeras décadas del siglo XVIII, fueron cuestionadas por grandes mentes de su época. Fue esto lo que desencadenó la Revolución Francesa, una de las primeras grandes crisis del antiguo régimen en el continente europeo. Pero todo este panorama también sostiene un hermoso diálogo con el momento desde el que Calvino escribió la novela, los albores de una década, la de 1960, que aún resplandece por su espíritu de sublevación.

Uno de los elementos más deliciosos de El barón rampante es cómo Cósimo vive los distintos aspectos de la vida en las alturas. Esto incluye, por supuesto, al amor. Viola se encuentra sentada en un columpio atado a la rama del árbol donde Cósimo pasa su primer día de rebeldía arbórea. Ella será el amor de su vida. La lealtad del protagonista a sus ideales es solamente comparable con la que tiene por la mujer que ama y es ella, casualmente, la que se vuelve su vínculo con el suelo, o lo que es lo mismo, con el mundo al que él renunció.

La resistencia, la autenticidad, la celebración de lo excéntrico y, sobre todo, la fuerza que regala un ideal, son las notas centrales que encarna el protagonista de esta historia: subir para nunca bajar, subir para encontrarse a sí mismo, subir para desde la altura ver el mundo y participar de él, y nunca bajar por lealtad férrea a su decisión. La novela de Calvino es, así, un canto a la rebeldía y a la verdad, un sueño (hecho de palabras) de libertad verdadera.

Nunca bajar de los árboles sólo puede hacerse desde la más profunda autenticidad, pero la novela de Calvino también nos habla de esa desobediencia que abreva de la individualidad y de lo importante (y siempre urgente) que es cuestionar hasta lo más minúsculo de la cotidianeidad humana: ahí el acto de rebeldía más profunda.

Imagen: Dominio público

La rebeldía es tan antigua como el hombre mismo. Desde Lucifer hasta Prometeo, desde Ulises a Jesucristo, el arquetipo se repite una y otra vez como una de las muchas esencias de lo humano. Pero la materialización de esa rebeldía varía de rebelde en rebelde y, ¿qué pasa cuando el acto decisivo (y profundamente poético) de insurrección implica, sencillamente, subirse a los árboles para nunca más tocar la tierra? Italo Calvino —cuya esencial rebeldía enumeró los valores imprescindibles de nuestra actualidad— contó esa historia.

En un acto radical, Cósimo, un noble de 12 años, decide subir a los árboles para jamás bajar de ellos después de una discusión con su padre, el honorable Barón Arminio, en torno al plato principal de la cena de esa noche. De inclinación existencialista, Calvino dio vida a este inusual rebelde en la segunda novela de su trilogía Nuestros antepasados, titulada El barón rampante (1957).

Baggio, hermano de Cósimo y narrador de esta novela, relata la vida de su hermano desde las alturas, una que inició la tarde en que éste decidió subirse a la encina del jardín de su casa hasta el día de su muerte. El personaje, de manera rampante (porque la palabra significa asir, pero también hace referencia a lo ascendente) toma la decisión de radical rebeldía y libertad que lo lleva a enamorarse, participar en la Revolución Francesa e intervenir en las conquistas napoleónicas, además de realizar todas las actividades cotidianas de una persona, todo esto, sin poner un pie en el suelo.

Entender a cabalidad esta obra de Calvino, implica también entender el contexto que narra, uno de enfrentamiento entre el sistema establecido y una nueva ideología, uno cuyas inclinaciones reformistas iban en contra del feudalismo y sus herencias que, desde las primeras décadas del siglo XVIII, fueron cuestionadas por grandes mentes de su época. Fue esto lo que desencadenó la Revolución Francesa, una de las primeras grandes crisis del antiguo régimen en el continente europeo. Pero todo este panorama también sostiene un hermoso diálogo con el momento desde el que Calvino escribió la novela, los albores de una década, la de 1960, que aún resplandece por su espíritu de sublevación.

Uno de los elementos más deliciosos de El barón rampante es cómo Cósimo vive los distintos aspectos de la vida en las alturas. Esto incluye, por supuesto, al amor. Viola se encuentra sentada en un columpio atado a la rama del árbol donde Cósimo pasa su primer día de rebeldía arbórea. Ella será el amor de su vida. La lealtad del protagonista a sus ideales es solamente comparable con la que tiene por la mujer que ama y es ella, casualmente, la que se vuelve su vínculo con el suelo, o lo que es lo mismo, con el mundo al que él renunció.

La resistencia, la autenticidad, la celebración de lo excéntrico y, sobre todo, la fuerza que regala un ideal, son las notas centrales que encarna el protagonista de esta historia: subir para nunca bajar, subir para encontrarse a sí mismo, subir para desde la altura ver el mundo y participar de él, y nunca bajar por lealtad férrea a su decisión. La novela de Calvino es, así, un canto a la rebeldía y a la verdad, un sueño (hecho de palabras) de libertad verdadera.

Nunca bajar de los árboles sólo puede hacerse desde la más profunda autenticidad, pero la novela de Calvino también nos habla de esa desobediencia que abreva de la individualidad y de lo importante (y siempre urgente) que es cuestionar hasta lo más minúsculo de la cotidianeidad humana: ahí el acto de rebeldía más profunda.

Imagen: Dominio público