Tal vez sea la manera en que sus ramas se mueven con el viento, las elegantes sombras que dejan sus hojas en los muros, o la manera en que sus tiernísimos rizomas se desenvuelven poco a poco; pero hay algo en los helechos que puede encender la más exquisita infatuación. Y vaya que lo hicieron en un punto de la historia.

Durante el siglo XIX, Inglaterra se vio bajo el influjo del más raro de los padecimientos: la “fiebre de helechos” (fern fever), una intensa obsesión por todo tipo de pteridofitas. Se construyeron casas de cristal alrededor de toda la nación; templos brillantes a las joyas botánicas que ocupaban gran parte de las mentes victorianas. (Antes, la fiebre de tulipanes ocupaba ese mismo lugar.)

La fiebre de helechos se puede acaso entender con base en un experimento sencillo: si uno observa helechos por mucho tiempo, o visita un invernadero de pteridofitas, cuando cierre los ojos después seguirá viendo las formas de sus ramas, quizá como quien juega ajedrez persistentemente y al cerrar los ojos ve un tablero. Así la “helechomanía” invadió no sólo los jardines victorianos sino también los libros de arte, la literatura, las casas; inspiró cientos de crímenes botánicos e incluso algunas historias de amor. Durante el periodo se organizaban reuniones nocturnas para ir en busca de helechos raros, y a menudo estas reuniones derivaban en matrimonios o “pteridoromances” entre los exploradores. A la obsesión se le dio el nombre de pteridomania (del latín pterido para “helecho”).

Pero el origen de la tendencia es la verdadera joya. Sarah Whittingham, en su libro Fern Fever, traza el principio de la helechomanía a tres amigos que se enamoraron profundamente de estas plantas alrededor de 1829. Nathaniel Ward, un doctor y horticulturista aficionado, quedó frustrado por su inhabilidad para crecer los helechos que amaba, así que creó la primera “Wardian case”: una forma temprana de invernadero, ideal para cultivar helechos exóticos.

Luego, su asistente George Loddiges abrió el primer hospital de helechos en Hackney, al este de Londres. Allí, debido a que los helechos no tenían el llamativo y atractivo popular de sus rivales las flores, esparció el brillante rumor (aunque acaso en él haya mucha verdad) de que el gusto y cariño por los helechos era un signo inequívoco de inteligencia.

En 1840, inspirado por los esfuerzos de Ward y Loddiges, Edward Newman publicó un libro que elogiaba los atributos y los distinguidos placeres provocados por los helechos. A History of British Ferns fue lo único que necesitó el periodo para terminar de caer rendido ante estas hermosas plantas. El libro fue reeditado un sinnúmero de veces y presumido en las casas más finas de la alta sociedad inglesa; perfecto para el entusiasmo por científicos amateurs que tanto caracterizó a los victorianos.

Al poco tiempo de esto, los helechos se convirtieron en un fenómeno cultural. Tener una colección propia –ya fuera crecida en casa o organizada en los populares “álbumes de helechos”– era un cotizado símbolo de estatus social. La fiebre de helechos incluso detonó una ola criminal botánica. Durante los 1800 y 1890, se dio una erupción de delitos en los que se robaban especímenes raros de terrenos privados para coleccionarlos o venderlos por cantidades equivalentes a £1,000 por planta. Pronto las pteridofitas fueron centrales a las reuniones sociales y fungieron como cupidos entre hombres y mujeres que compartían la misma fiebre.

Pero en el siglo XX, el romance estético entre hombres y helechos disminuyó. “Es imposible acertar la razón”, anota la historiadora Sarah Wittingham. “Hubo simplemente un rechazo a la era Victoriana”. Sin embargo, aún hay esperanza para los helechos. Investigadores están descubriendo que devuelven la fertilidad a la tierra y, aunque no todos lo noten, especies de pteridofitas se encuentran por doquier en la ciudades, arrojando sus siniestras y elegantes sombres en los muros que las enmarcan.

Sigue a nuestra autora en Twitter: @luciaomr

Tal vez sea la manera en que sus ramas se mueven con el viento, las elegantes sombras que dejan sus hojas en los muros, o la manera en que sus tiernísimos rizomas se desenvuelven poco a poco; pero hay algo en los helechos que puede encender la más exquisita infatuación. Y vaya que lo hicieron en un punto de la historia.

Durante el siglo XIX, Inglaterra se vio bajo el influjo del más raro de los padecimientos: la “fiebre de helechos” (fern fever), una intensa obsesión por todo tipo de pteridofitas. Se construyeron casas de cristal alrededor de toda la nación; templos brillantes a las joyas botánicas que ocupaban gran parte de las mentes victorianas. (Antes, la fiebre de tulipanes ocupaba ese mismo lugar.)

La fiebre de helechos se puede acaso entender con base en un experimento sencillo: si uno observa helechos por mucho tiempo, o visita un invernadero de pteridofitas, cuando cierre los ojos después seguirá viendo las formas de sus ramas, quizá como quien juega ajedrez persistentemente y al cerrar los ojos ve un tablero. Así la “helechomanía” invadió no sólo los jardines victorianos sino también los libros de arte, la literatura, las casas; inspiró cientos de crímenes botánicos e incluso algunas historias de amor. Durante el periodo se organizaban reuniones nocturnas para ir en busca de helechos raros, y a menudo estas reuniones derivaban en matrimonios o “pteridoromances” entre los exploradores. A la obsesión se le dio el nombre de pteridomania (del latín pterido para “helecho”).

Pero el origen de la tendencia es la verdadera joya. Sarah Whittingham, en su libro Fern Fever, traza el principio de la helechomanía a tres amigos que se enamoraron profundamente de estas plantas alrededor de 1829. Nathaniel Ward, un doctor y horticulturista aficionado, quedó frustrado por su inhabilidad para crecer los helechos que amaba, así que creó la primera “Wardian case”: una forma temprana de invernadero, ideal para cultivar helechos exóticos.

Luego, su asistente George Loddiges abrió el primer hospital de helechos en Hackney, al este de Londres. Allí, debido a que los helechos no tenían el llamativo y atractivo popular de sus rivales las flores, esparció el brillante rumor (aunque acaso en él haya mucha verdad) de que el gusto y cariño por los helechos era un signo inequívoco de inteligencia.

En 1840, inspirado por los esfuerzos de Ward y Loddiges, Edward Newman publicó un libro que elogiaba los atributos y los distinguidos placeres provocados por los helechos. A History of British Ferns fue lo único que necesitó el periodo para terminar de caer rendido ante estas hermosas plantas. El libro fue reeditado un sinnúmero de veces y presumido en las casas más finas de la alta sociedad inglesa; perfecto para el entusiasmo por científicos amateurs que tanto caracterizó a los victorianos.

Al poco tiempo de esto, los helechos se convirtieron en un fenómeno cultural. Tener una colección propia –ya fuera crecida en casa o organizada en los populares “álbumes de helechos”– era un cotizado símbolo de estatus social. La fiebre de helechos incluso detonó una ola criminal botánica. Durante los 1800 y 1890, se dio una erupción de delitos en los que se robaban especímenes raros de terrenos privados para coleccionarlos o venderlos por cantidades equivalentes a £1,000 por planta. Pronto las pteridofitas fueron centrales a las reuniones sociales y fungieron como cupidos entre hombres y mujeres que compartían la misma fiebre.

Pero en el siglo XX, el romance estético entre hombres y helechos disminuyó. “Es imposible acertar la razón”, anota la historiadora Sarah Wittingham. “Hubo simplemente un rechazo a la era Victoriana”. Sin embargo, aún hay esperanza para los helechos. Investigadores están descubriendo que devuelven la fertilidad a la tierra y, aunque no todos lo noten, especies de pteridofitas se encuentran por doquier en la ciudades, arrojando sus siniestras y elegantes sombres en los muros que las enmarcan.

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