Perderse, hoy en día, es casi imposible. Tal vez, en la era de la geolocalización, perder el rumbo es un privilegio, porque perderse también es una paradójica oportunidad de encontrarse. Es posible que el lugar o el espacio donde nos perdemos ni siquiera importe, estar perdido es una decisión (o al menos un acto de aceptación), y sus posibilidades —tan deliciosas como espeluznantes— son infinitas por provenir de una experiencia que se alimenta, sobre todo, de la libertad.

Si hablamos sobre las personas que gustan de perderse —porque sí, existen quienes han dedicado su vida a ello—, en el contexto urbano específicamente, fue Walter Benjamin (que también desarrolló una de las teorías más fascinantes en torno al sueño) quien supo hablar de ellas con más precisión y poesía. El flâneur, término que en francés designa a una especie de vagabundo callejero y que Bejamin extrajo de la poesía de Baudelaire, le ayudó al escritor a hablar sobre la experiencia urbana y sobre el hombre moderno que habita las ciudades. Se trata de ese personaje que las recorre sin un rumbo específico, sujeto a la suerte y al destino. Para él, la única manera de conocer realmente una orbe era perderse en ella, y eso podría bien transportarse a la vida misma.

Tal vez, por todas estas razones, el laberinto, uno de los símbolos más antiguos relacionados con el perderse, es una impecable forma de meditar. Porque perderse implica la confusión y el miedo derivados de ello, pero su aceptación, el recorrer ese laberinto, es un acto de humildad y una lección, pues implica el descubrimiento, la sorpresa, la catarsis y la pertenencia al momento presente —herramientas necesarias para navegar en la realidad que habitamos.

Hoy más que nunca perderse podría ser considerado un arte, porque aprender a merodear sin rumbo específico, sin destino, es un viaje delicioso e imprescindible; es una manera de invocar, y tal vez encontrar al destino, aún cuando éste ni siquiera ha sido definido (y cuando lo importante es, tal vez, el viaje, y no el acto de llegar). También es una posibilidad de vivir la sorpresa, algo que en nuestra era —una en la que los viajes se planean minuciosamente de acuerdo a horarios, programas e incluso estados de clima— es absolutamente indispensable.

Hoy amamos saber dónde estamos, estar a salvo —esa sensación de ilusoria certeza. Cuando llegar al destino es el último de nuestros deseos, entonces hemos comprendido la importancia de perderse, por el simple placer de estarlo o porque el perdernos es capaz de hacernos ver aquello que en tierras conocidas no podemos ver. Porque abreva de la libertad y la espontaneidad, porque despierta los sentidos, porque es un riesgo y una aventura, es esencial perderse de vez en cuando.

Imagen: Dominio público

Perderse, hoy en día, es casi imposible. Tal vez, en la era de la geolocalización, perder el rumbo es un privilegio, porque perderse también es una paradójica oportunidad de encontrarse. Es posible que el lugar o el espacio donde nos perdemos ni siquiera importe, estar perdido es una decisión (o al menos un acto de aceptación), y sus posibilidades —tan deliciosas como espeluznantes— son infinitas por provenir de una experiencia que se alimenta, sobre todo, de la libertad.

Si hablamos sobre las personas que gustan de perderse —porque sí, existen quienes han dedicado su vida a ello—, en el contexto urbano específicamente, fue Walter Benjamin (que también desarrolló una de las teorías más fascinantes en torno al sueño) quien supo hablar de ellas con más precisión y poesía. El flâneur, término que en francés designa a una especie de vagabundo callejero y que Bejamin extrajo de la poesía de Baudelaire, le ayudó al escritor a hablar sobre la experiencia urbana y sobre el hombre moderno que habita las ciudades. Se trata de ese personaje que las recorre sin un rumbo específico, sujeto a la suerte y al destino. Para él, la única manera de conocer realmente una orbe era perderse en ella, y eso podría bien transportarse a la vida misma.

Tal vez, por todas estas razones, el laberinto, uno de los símbolos más antiguos relacionados con el perderse, es una impecable forma de meditar. Porque perderse implica la confusión y el miedo derivados de ello, pero su aceptación, el recorrer ese laberinto, es un acto de humildad y una lección, pues implica el descubrimiento, la sorpresa, la catarsis y la pertenencia al momento presente —herramientas necesarias para navegar en la realidad que habitamos.

Hoy más que nunca perderse podría ser considerado un arte, porque aprender a merodear sin rumbo específico, sin destino, es un viaje delicioso e imprescindible; es una manera de invocar, y tal vez encontrar al destino, aún cuando éste ni siquiera ha sido definido (y cuando lo importante es, tal vez, el viaje, y no el acto de llegar). También es una posibilidad de vivir la sorpresa, algo que en nuestra era —una en la que los viajes se planean minuciosamente de acuerdo a horarios, programas e incluso estados de clima— es absolutamente indispensable.

Hoy amamos saber dónde estamos, estar a salvo —esa sensación de ilusoria certeza. Cuando llegar al destino es el último de nuestros deseos, entonces hemos comprendido la importancia de perderse, por el simple placer de estarlo o porque el perdernos es capaz de hacernos ver aquello que en tierras conocidas no podemos ver. Porque abreva de la libertad y la espontaneidad, porque despierta los sentidos, porque es un riesgo y una aventura, es esencial perderse de vez en cuando.

Imagen: Dominio público